Frente a los desafíos del mercado global y los costos internos, la industria vitivinícola argentina debe replantear su modelo. Luis Coita Civit, enólogo de Bodega La Macarena, analiza cómo la calidad, la autenticidad y los vinos de terroir son nuestro mayor diferencial.
Un posible acuerdo comercial entre Argentina y Estados Unidos funciona como un espejo que refleja las fortalezas y debilidades de nuestro sector. Mientras el país del norte produce con escala, tecnología y un fuerte mercado interno premium, nuestro modelo está fragmentado, acorralado por la presión fiscal, la inflación y una caída sostenida en el consumo local. Competimos en ligas distintas y la pregunta central es cómo pasamos de la defensa al ataque.
La industria local navega contra una tormenta perfecta: el "Costo País" que asfixia la rentabilidad, un consumo per cápita en picada y una brecha tecnológica que nos hace dependientes de la mano de obra. Un mercado abierto sin preparación podría ser un tsunami para nuestras góndolas, capturando a un consumidor con el bolsillo golpeado.
Sin embargo, este escenario no tiene por qué ser una sentencia de muerte, sino el golpe de timón para reinventarnos. Es imperativo tecnificarnos para ser más eficientes, pero, sobre todo, debemos jugar en las ligas donde realmente ganamos. No podemos competir en volumen y precio contra potencias industrializadas. Nuestra estrategia debe ser doblar la apuesta por la calidad, la autenticidad y la sustentabilidad.
Nuestro verdadero diferencial son los Malbec de altura, los vinos de terruir —como los que desarrollamos en el Valle de Anguinán— y las historias genuinas detrás de cada botella, algo que el consumidor global valora y busca. La reconversión no será fácil, pero es el único camino. Es la hora de la unión y la estrategia para transformar nuestra pasión en un modelo de negocio tan robusto y competitivo como los vinos que soñamos producir.
Luis Coita Civit
Equipo de Comunicación - Bodega La Macarena
Fuente original
Leer nota completa