En los valles riojanos, esta cepa deja de ser una uva de corte para convertirse en un tinto noble de profunda identidad. Desde Finca La Seis, la línea Tinkunaco refleja este encuentro entre el terruño y la esencia.

En el mapa vitivinícola mundial, hay cepas que encuentran su lugar casi por destino. Si Francia le dio la cuna al Petit Verdot, La Rioja le ha dado la libertad. Es momento de dejar de verlo como una uva de corte para proclamarlo como un pura sangre que en suelo riojano alcanza una plenitud única. Por naturaleza, es una variedad exigente que necesita sol y clima seco; en nuestros valles no solo se da bien, sino que se expresa con una nobleza arrolladora, produciendo vinos de estructura envidiable, acidez natural y aromas que van de las violetas a los frutos negros.
En el pintoresco Valle de Anguinán, Bodega La Macarena representa la evolución de un legado familiar que hoy se traduce en vinos con alma. Su línea insignia, Tinkunaco —palabra quechua que significa "encuentro"—, propone una conexión íntima y transformadora: una invitación a pausar el ruido del mundo y conectar con nuestra propia esencia a través del fruto de la tierra.

Fiel a la premisa de sumar identidad sin competir con otras cepas, la bodega apuesta fuerte por este varietal. El Tinkunaco Petit Verdot es un vino serio, complejo y con una profundidad que invita a la reflexión. Con capas de sabor que se revelan lentamente, demuestra la capacidad técnica y climática de La Rioja para domar una de las uvas más sofisticadas del mundo.
Liderada por Macarena Herrera, la bodega equilibra el respeto por las raíces con una visión moderna. Como ella explica: "No buscamos ser mejores que nadie, buscamos ser lo más fieles posible a lo que nuestra tierra y nuestra historia tienen para decir". Un pura sangre riojano que se impone por su elegancia, su potencia equilibrada y su verdad.
Iván Gramajo
Equipo de Comunicación - Bodega La Macarena
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